El Demos Debilitado
Democracia quiere decir, literalmente, «poder del pueblo»,
soberanía y mando del demos. Y nadie pone en cuestión que éste es el principio
de legitimidad que instituye la democracia. El problema siempre ha sido de qué
modo y qué cantidad de poder transferir desde la base hasta el vértice del
sistema potestativo. Una cuestión es la titularidad y otra bien diferente es el
ejercicio de poder. El pueblo soberano es titular del poder. ¿De qué modo y en
qué grado puede ejercitarlo?
Para responder debemos volver a la opinión pública y a la cuestión de lo que sabe o no sabe. Y todos los días palpamos que la mayor parte del público no sabe casi nada de los problemas públicos –en el sentido estricto de entenderlos en lo que realmente los causa–, porque la base de información del demos –los grandes medios de comunicación– es de una pobreza alarmante, de una pobreza que nunca termina de sorprendemos.
Y aquí debemos hablar sobre la distinción entre información y competencia cognoscitiva. Es, no obstante, una distinción esencial. El hecho de que yo esté informado sobre astronomía no me convierte en astrónomo; no por estar informado sobre economía soy economista; y que yo posea información sobre física no me transforma en físico. Análogamente, cuando hablamos de personas «políticamente educadas» debemos distinguir entre quien está informado de política y quien es cognitivamente competente para resolver los problemas de la política. A esta distinción le corresponden grandes variaciones entre las dos poblaciones en cuestión. Es comprensible que los porcentajes dependan de cuánta información y qué cognición se consideren respectivamente suficientes y adecuadas. Pero, en Occidente, las personas políticamente informadas e interesadas giran entre ello y el 25 por ciento del universo, mientras que los competentes alcanzan niveles del 2 ó 3 por ciento.

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